Un libro llamado Lolita (y II)

Las risas de Nabokov llegaron hasta el siglo veintiuno cuando escribía sobre las reacciones que produjeron su novela Lolita, de hecho él siempre pensó en que sería en el siglo XXI cuando su obra sería “un regalo para el estudioso”:

Algunas reacciones fueron muy divertidas. El lector de una editorial sugirió que su compañía podía considerar la publicación si yo convertía a Lolita en un chiquillo de doce años al que seduciría Humbert, un granjero, en un pajar, en un ambiente agreste y árido, todo ello expuesto con frases breves, fuertes “realistas” (…) Aunque cada uno debiera saber que detesto los símbolos y las alegorías (cosa que en parte se debe a mi vieja amistad con el vuduismo freudiano y en parte a mi odio hacia las generalizaciones fraguadas por sociólogos y míticos literarios), un lector (…) que hojeó la primera parte, describió Lolita como “el viejo mundo que pervierte al nuevo mundo”, mientras otro lector vio en ella a “la joven América pervirtiendo a la vieja Europa”. El editor X., cuyos consejeros se aburrieron tanto con Humbert que nunca pasaron de la página 188, tuvo el candor de escribirme que la segunda parte era demasiado larga. El editor Y., por su lado, lamentó que no hubiera personas buenas en el libro. El editor Z. dijo que si publicaba Lolita lo meterían en la cárcel.

No, no, Nabokov nunca quiso dedicarse a escribir novelitas didácticas…, como se lee:

Hay espíritus apacibles que declararán sin sentido a Lolita porque no les enseña nada. No soy lector ni autor de novelas didácticas, y a pesar de la afirmación de John Ray, Lolita no tiene lastre moralizante. Para mí, una obra de ficción sólo existe en la medida en que me proporciona lo que llamaré lisa y llanamente placer estético, es decir, la sensación de que es algo, en algún lugar, relacionado con otros estados de ser en que el arte (curiosidad, ternura, bondad, éxtasis) es la norma. Todo lo demás es hojarasca temática o lo que algunos llaman la Literatura de Ideas, que a menudo no es sino hojarasca temática solidificada en inmensos bloques de yeso cuidadosamente transmitidos de época en época, hasta que al fin aparece alguien con un martillo y hace una buena rajadura a Balzac, a Gorki, a Mann. 

Más críticas a Lolita y más dolor de Nabokov. Qué dolor el suyo:

Otra tacha formulada a Lolita (…) es la de ser anti-norteamericana. Esto me duele más que la idiota acusación de inmoralidad (…) escogí los moteles o alojamientos norteamericanos, en lugar de los hoteles suizos o las posadas inglesas, sólo porque trato de ser un escritor norteamericano y aspiro a los mismos derechos de que gozan otros escritores norteamericanos. 

El escritor, su obra, su vocación, el objetivo de un escritor serio:

Todo escritor, serio me atreveré a decir, tiene conciencia constante y alentadora. Su luz piloto arde sin cesar en algún punto de su basamento y un simple toque en el termostato privado redunda de inmediato en una tranquila explosión de ternura familiar. Esta presencia, ese fulgor del libro en un alejamiento siempre accesible, es un sentimiento siempre accesible, es un sentimiento altamente sociable, y cuanto más se ha conformado el libro a su contorno y color previsto, tanto mayor es la suavidad con que refulge. Pero aún así, hay algunos puntos, digresiones, huecos favoritos que evocamos con más viveza y de los cuales disfrutamos con más ternura que el resto de nuestro libro. 

Lo afirma, y me lo creo:

No he leído Lolita desde que corregí las pruebas en el invierno de 1954, pero lo reconozco como una presencia deleitosa ahora que fluctúa serenamente sobre la casa como un día de verano que, más allá de la bruma, sabemos resplandeciente. 

Y cuáles, Vladimir, revélalo, ¿cuáles fueron los nervios de la novela?

Y cuando pienso en Lolita, siempre escojo por especial inclinación, imágenes como las del señor Taxovich, o la lista de alumnas de Ramsdale, o Lolita avanzando lentamente hacia los regalos de Humbert, o las fotografías que decoraban la buhardilla estilizada de Gastón Godin, o el peluquero de Kasbeam (que me costó un mes de trabajo) -el subrayado es mío-, o Lolita jugando al tenis, o el hospital de Elphinstone,  o la pálida encinta, amada, irrecuperable Dolly Schiller, muriéndose en Gray Star (la ciudad capital del libro), o los sonidos tintineantes de la ciudad en el valle que ascendía por la montaña (en la cual atrapé la primera hembra conocida de Lycaeides sublivens Nabokov) -creo que es una especie de mariposa, muy aficionado a coleccionarlas-. Ésos son los nervios de la novela. Ésos son los puntos secretos, las coordenadas subconscientes mediante las cuales se urdió el libro, aunque comprendo muy bien que leerán distraídamente esas escenas o las pasarán por alto quienes empiecen este libro con la impresión de que se trata de algo en la línea de Recuerdos de una mujer del placer o Les Amours de Milord Grosvit.

Nabokov tampoco cree en la Literatura como fuente historiográfica -ni yo-, pero aquí un libro que ayer me descubrió Marta Rebón y que habrá que leer (vínculo):

Es pueril estudiar una obra de ficción sólo para informarse acerca de un país o una clase social o el autor. Y, sin embargo, uno de mis amigos más íntimos, después de leer a Lolita se mostró sinceramente preocupado (!) de que yo viviera “entre gentes tan deprimentes”, cuando la única incomodidad que he experimentado de veras ha sido la de vivir en mi taller, entre miembros descartados y torsos incompletos.

Y finalmente, el párrafo que me hizo publicar estos dos post sobre un libro llamado Lolita:

Después de que Olympia Press publicó mi libro en París, un crítico norteamericano sugirió que Lolita era el relato de mis aventuras amorosas con la novela romántica. El reemplazo de “novela romántica” por “lengua inglesa” habría sido más correcto. Pero siento que mi voz se alza hasta un punto demasiado estridente. Ninguno de mis amigos norteamericanos leyó mis libros rusos y así cualquier apreciación de los ingleses estará fuera de foco. Mi tragedia privada, que no puede ni debe, en verdad, interesar a nadie, es que he debido abandonar mi idioma natural, mi libre, rica, infinitamente libre lengua rusa, por un inglés mediocre, desprovisto de todos esos aparatos (…) que el ilusionista nativo, agitando las colas de un frac, puede emplear mágicamente para trascender a su manera la herencia común. 12 de noviembre de 1956. Vladimir Nabokov. 

2 comentarios en “Un libro llamado Lolita (y II)

  1. Tengo que añadir que cuando leí la lista de las alumnas de Ramsdale, también me quedé, no sé ¿prendado? Sentí cierta imantación. Qué cosas más extrañas.

  2. Leí Lolita cuando el periódico El Mundo tuvo a bien editar la serie “Millenium” y mi padre tuvo a bien comprar la colección. Creo que fue en el año de nuestro señor 1999. Tenía 16 años. Me deslumbró, me fascinó de inmediato, pero tengo que volver a Lolita, estoy seguro de haberme perdido miles de detalles importantes, porque ni siquiera recuerdo eso de la lista de las alumnas de Ramsdale. Estos post me han dado muchísimas ganas de leer de nuevo Lolita y de leerlo, esta vez, prestando más atención.

    PD: Solo leíamos la columna de Umbral y atesorábamos el nuevo libro, el resto del periódico se usaba, si procedía, para menesteres que nada tenían que ver con la lectura. En cualquier caso, le debo gratitud a “El Mundo”, que hizo una gran lista. XD.

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