Chértide chispas, en el gato negro

Así decidí titular el post cuando leí la frase, que en realidad es una línea del diálogo que podéis leer en la página 85 de la primera novela de Muñoz Rengel, El asesino hipocondríaco. Y decidí titularlo con esas seis palabras porque podían resumir toda la novela, y sobre todo, la intención con la que Juan Jacinto la ha escrito. Es más, yo la hubiese titulado así. La creatividad y la filosofía toman estos derroteros.

Es su primera novela. Antes, Muñoz Rengel escribió los libros de relatos De mecánica y alquimia (Salto de Página, 2008), Premio Ignotus al mejor libro de cuentos del año y finalista del Premio Setenil, y 88 Mill Lane (Alhulia, 2006). El asesino hipocondríaco es su primera novela, “cuyo manuscrito recibió elogios de José Saramago, Juan Cruz, Pablo de Santis y Rosa Montero, entre otros escritores”, escriben en la solapa del libro.

El protagonista de la novela es un argentino que trabaja de asesino a sueldo y tiene como misión asesinar al señor Blaisten, que es otro argentino que “siempre camina con presteza” y tiene una amante; los tres residen en Madrid. El protagonista asegura: “Me pagaron por adelantado, y yo soy un hombre de moral kantiana”. Ése es el objetivo y esa es la novela. Ahora solo restaba escribirla, y Muñoz Rengel lo hizo, ¡qué bien!

La novela comienza con una advertencia del protagonista: “No me queda más que un día de vida, después de haber escatimado quince millares a la muerte, sólo me resta uno más. Dos a lo sumo”. Así nos introduce en el vaivén existencial e hipocondríaco del protagonista a lo largo de los cincuenta y siete capítulos del libro que, en tres horas y media, están leídos.

Muñoz Rengel es filósofo de formación. Y decidme, ¿qué filósofo escribe sin soltar en algún momento en sus escritos una K mayúscula, una a, una n y una t? ¡Ninguno! Muñoz Rengel no iba a ser menos y por eso solapa las primeras acciones del asesino con las costumbres que Kant dijo tener. Y es desde aquí cuando la novela coge el ritmo imparable que la lleva hasta el final.

La muerte en la novela es tema principal. ¿No iba a serlo con el título que lleva, El asesino hipocondríaco? Pero Muñoz Rengel nos demuestra cómo todas las muertes están relacionadas y así, empieza con la descripción de secuencias de la vida de Poe y de los hermanos Goncourt y la descripción autobiográfica de sí mismo, del protagonista asesino con respecto a esos otros hermanos que no tuvo porque “no se conocen más de cien casos de gemelos parásitos en el mundo”. El asesino siempre pensó que su hermano era “el homúnculo que conduce mi cuerpo, el homúnculo situado en la cabina de mandos y responsable de todo el reguero de víctimas que va dejando mi oficio”.

Pero si la muerte es tristeza, díganme si el capítulo 14 no es un homenaje a Gila, a Gogol y a todas las narices del mundo:

“-El látex se obtiene del árbol tropical del caucho, y yo soy alérgico al plátano, al kiwi, al aguacate, y al látex. ¿No las tienen de poliestireno?

-Pues creo que no, la verdad -dice la joven.”

Y Gogol en La nariz: “Iván Yakovlievich tuvo que recoger la nariz y guardársela en el bolsillo”.

El asesino hipocondríaco vive de la verdad de la ficción hasta que su mundo cobra vida propia. Vivir de un personaje cuyo cuerpo enferma o sana en función de la decisión de matar o dejar vivir a otro personaje es inclinarse ante el principio de la fluidez en la narración y sobre todo, el “sentir los riñones como puños clavados en la espalda”.

Muñoz Rengel narra la persecución de un asesinato y antes de que que el protagonista pueda desfallecer, le busca remansos dentro de la prosa. Así cuenta verdades sobre Swift, Poe, Descartes, Byron, Tolstoi, Maupassant, Molière, El hombre elefante, Coleridge, Tolstoi, Voltaire y Nieves Concostrina, de ella, casi al final del libro.

Gracias a El asesino hipocondríaco sé qué es el Síndrome del Acento Extranjero, la Maldición de Ondina y el Síndrome de Moebius. Del primero aprendes que tienes que dejar de preocuparte por la prosodia de las frases que dices y del segundo y tercero, ahí tienen la novela…

¡Chértide chispas, en el gato negro! Página 85. Fallido intento de nuevo. Magia de las palabras, ¡y de su semántica!

Ja, Ja, Ja, “espasmo profesional”, escribo en mis notas. Qué capítulo tan divertido el treinta. “¿Vendemos la casa esta noche? Creo que no hay inmobiliarias de guardia”, escribe. Amanecer muerto el protagonista y contarlo. Ese es el timbre y el estilo de la novela. Cruzar creatividad y prosa con chispas y trazas de genialidad más semántica más lucidez. Y vino de Málaga, puesto que no hay vino más “sabroso” que ése.

De un protagonista que come en el McDonald’s de la calle Isaac Peral, detrás de la plaza de la Moncloa, y que se corta las uñas porque sabían demasiado es fácil creerse los principios que sigue como asesino profesional; todos en el capítulo cuarenta y uno.

Anécdotas de escritores. El oso blanco de Tolstoi, una genialidad; la muerte que le sobreviene a Molière vestido de amarillo, embarazos imaginarios en Voltaire y tener y continuar siendo un hombre de moral kantiana para persistir y pertrechar, si se puede, un asesinato.

Dedicad tres horas, tres horas y media, cuatro si acaso a esta primera novela de Muñoz Rengel donde pasa de cuentista a novelista, y con arte, con mucho arte literario.

Señor Yurkievich, ¿dónde vive usted?

——

El asesino hipocondríaco sale hoy a la venta. Sé que en Amazon ya está disponible. Si te da la gana, puedes comprarlo a través del siguiente enlace (El asesino hipocondríaco, de Muñoz Rengel). Léetelo y préstalo, porque merece la pena.

3 comentarios en “Chértide chispas, en el gato negro

  1. Imposible que la novela pudiera recibir elogios de José Saramago quien, aunque inicialmente formó parte del Jurado del premio Clarín de novela (que ganó, dicho sea de paso, Gustavo Nielsen, y en el cual la novela de la que aquí se habla pasó, junto a diez novelas más, el filtro del jurado de preselección), murió siete meses antes de que se fallara, espero que no a causa de la lectura del “Asesino hipocondriaco”, aunque resulta imposible que llegara a leerla puesto que el jurado de preselección terminó su tarea, y la organización hizo pública la lista de finalistas que se someterían a la consideración del jurado definitivo, el 4 de octubre de 2010 y nuestro premio Nobel por desgracia había muerto el 18 de junio de ese mismo año.

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