Así en Rimbaud como en el presente

Acabé en esta semana dos libros más: Constatación brutal del presente (Libros del Silencio, 2011) , de Javier Avilés y  Así en la tierra como en el infierno, Ave Virgilio, Los locos los reclusos (La Uña Rota, 2010) de Thomas Bernhard. Del primero hablaré más adelante aquí, en el blog, porque Constatación brutal del presente es un libro del que hay que hablar. Es más, para los adelantados de la clase, recomiendo su lectura porque es un libro para gente lista -como yo- y porque está escrito por el escritor que construye El lamento de Portnoy. ¿Queréis azúcar? ¡Tomad miel!

El segundo título también lo recomiendo. Y mucho. A Bernhard siempre lo recomendaré porque hay sibaritas literarios, como le digo a mi vecino del tercero, que es ilustrador. La Uña Rota, que es la editorial que lo publica -¡gracias!-, incluye al inicio del libro una conferencia -para leer y releer hasta la saciedad- pronunciada por Thomas Bernhard en el hotel Pitter de Salzburgo en 1954 con motivo del centenario de Rimbaud. Lleva por título Aquel hombre azotado por tempestades. Alucinante. Por esas doce páginas merece la pena comprarse el libro para leerlo y releerlo, volverlo a leer y a releer. No miento, ni exagero.

Y Rimbaud fue quien dijo: “¡Yo seré siempre!” Con esta cita finaliza la conferencia Bernhard. Quiero leer ahora a todo Rimbaud. Fragmentos como los que extracto -La Uña Rota, con vuestro permiso- son el origen de mi deseo:

El poeta de Francia era un auténtico elemento, sus versos eran de carne y sangre.

Su poesía acabó, a los veintitrés años cerró sus libros, su Barco ebrio, sus Iluminaciones, su Temporada en el infierno. Nunca volvió a coger la pluma para escribir poesía, porque se había apoderado del él el asco de la literatura.

En Charleville escribió su fogoso poema El barco ebrio -aunque nunca había visto el mar-, escribió París se repuebla, la orgía, una acusación contra el tumor del odio, el poema de los vicios parisinos, todo en él era indignación y, cuando caminaba a lo largo del río, “necesitaba horas para tranquilizarse”. Tenía diecisiete años cuando escribió la maravillosa composición poética Los pobres en la iglesia, “con corazón palpitante, muy cerca de esos niños sucios que no dejan de mirar a los ángeles de madera, presintiendo que detrás está Dios…”

Y así prosigue, a lo largo de toda la conferencia, describiéndonos la forja de un escritor como Rimbaud.

Había tirado por la borda el arte y se ocupaba de otras cuestiones intelectuales, cualquiera que fuera su importancia, estudiando en lo sucesivo metalurgia, navegación, hidráulica, mineralogía, albañilería, carpintería, maquinaria agrícola, serrerías, minería, vidriería, alfarería y fundición metálica, pozos artesianos… Quiere asimilarlo todo, tiene más hambre que nunca.

Cómo admiro a esos escritores que, inundados con lodo y azares de la vida, con trabajos y necesidades, escriben, viven y malviven escribiendo, como Rimbaud, como Bernhard, como Avilés.

Enhorabuena a los tres.

Próxima parada: Walser.

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